Carvahall

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Carvahall

Mensaje por Kashiel el Lun Ago 15, 2011 7:08 am

Es un pequeño pueblo humano de ideales y costumbres medievales que ha sobrevivido intacto al paso del tiempo, aislado entre las montañas. A pesar de ser el núcleo de población humana más cercano a la Escuela, no saben que existe, pues con los pocos medios que poseen, morirían antes de lograr salir de la Cordillera.


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Re: Carvahall

Mensaje por Chrustiun Vluck el Lun Sep 12, 2011 3:35 pm

A la mañana siguiente empezaban las clases. Aún no había decidido si iba a acudir a la primera o no, pero ya me estaba agobiando con el principio del curso. No me apetecía nada soportar a todos los profesores y a todos los alumnos novatos y patéticos que se creían con derecho de tratarme como igual, y verme obligado a soportar todas aquellas normas estúpidas. Era mi última noche antes del curso, o, mejor dicho, mis últimas horas de noche. Había estado aprovechando el resto en mi casa haciéndoselo pasar realmente mal a mis dos prisioneras humanas, y disfrutándolo a placer. Pero no tenía intención de matarlas a ellas, al menos de momento, y tenía ganas de romper y desgarrar carne hasta la muerte, necesitaba ir a cazar.

De modo que me dirigí a uno de los últimos refugios libres en aquella estúpida comunidad mágica: Carvahall. A aquellas tardías horas de la noche, el pueblo estaba totalmente a oscuras y todos sus habitantes descansaban en sus casas o, en el caso de los vagabundos y similares, por las calles, totalmente dormidos. A pesar de que eran gente supersticiosa, a aquellas horas los temores nocturnos iniciales de todos ellos habían cesado y dado paso a un plácido y tranquilo sueño, y nadie esperaba que la silueta que se paseaba de forma casi invisible, fundida con la oscuridad, lenta y silenciosamente por las callejuelas y plazas del pueblo, estuviera mirando distraídamente hacia las casas pensando en cual entraría para acabar con las vidas de todos sus habitantes o poblar para siempre las pesadillas de cualquier posible superviviente.

Sonreí con una expresión de crueldad poco disimulada. Nadie podía estar viéndome, ningún mortal podría distinguir mi rostro en aquella fría y reconfortante oscuridad que lo había conquistado todo a mi alrededor. Todo estaba silencioso, tan silencioso que podía oír con una increíble claridad cualquier sonido, como el ruido de las patas de una rata que corría dos calles más allá o el suave susurro del viento golpeando levemente las paredes de piedra de las calles. Fue por esto que no me costó lo más mínimo descubrir de qué casa en concreto procedía el bajo rumor de una conversación, no demasiado lejos de donde me encontraba. Al parecer, había alguien despierto. Sonreí irónicamente. Aquello me había ayudado a decidirme por la casa en la que entraría aquella noche. Esos estúpidos humanos se habían atrevido a contradecir mi afirmación inicial de que todos dormían, pero pronto se arrepentirían de su atrevimiento.

Me acerqué con rapidez a la casa y me asomé en silencio a una ventana que desprendía algo de luz, luz que resultó proceder de una pequeña vela situada sobre una mesita en el centro de lo que parecía una minúscula y pobre habitación. Ésta estaba poco poblada, contando con una cuna claramente hecha por los propios habitantes de la casa, la mesita ya nombrada y una silla apoyada contra la pared. Sentada sobre la silla había una mujer de mediana edad, rostro bonito y dulce aunque cansado y pelo oscuro, largo y enredado, que tenía cogido a un niño de unos tres años, el cual se abrazaba a su cuello y lloraba. Patético. Frente a ellos, de pie, un hombre de unos cuarenta años hablaba en voz baja pero malhumorada y alterada con la mujer, mientras ella abrazaba al niño. Al parecer el padre de la criatura estaba enfadado porque su hijo lo hubiera despertado y lo pagaba con su mujer.

Volví a sonreír. Bueno, ahora iba a comprobar si realmente estaba tan harto del niño... Me aparté de la ventana y busqué la puerta de entrada a la casa, la cual estaba bastante cerca. Podría haber entrado silenciosamente si hubiera querido, pero decidí abrirla golpeándola con fuerza, permitiendo que mis víctimas lo oyeran y se asustaran. Podía imaginar a la mujer dando un pequeño bote en la silla y al hombre mirando con tensión en dirección al sonido y buscando sin éxito algo con lo que defenderse. Di dos pasos hacia dentro de la casa. Nunca había estado allí antes, pero no me era difícil ubicarme. La casa era pequeña, y podía sentir el calor de la vela encendida, podía olerlos, podía oír el sonido agitado de sus respiraciones y el latido intranquilo de sus corazones. No tardé en ver la puerta que me llevaría a la habitación que había estado observando, pero caminé un instante por el pequeño hall sin dirigirme en línea recta hacia ella, dejando que oyeran mis pasos acercarse y alejarse lenta y sonoramente, aumentando su tensión, así como los iba haciendo más rápidos según me acercaba definitivamente a la puerta.

Apoyé la mano en la puerta y comencé a empujarla con suavidad, abriéndola lentamente, y me quedé unos segundos prácticamente quieto, dejando que los humanitos me observaran y analizaran tratando de determinar qué intenciones tenía y si suponía un peligro. Mientras tanto yo descubrí que mis suposiciones iniciales habían sido acertadas: El hombre se había hecho con una tabla de madera y la agarraba con fuerza por si se veía obligado a atacarme con ella, pero sin sujetarla de momento en posición ofensiva, mientras la mujer se había levantado y se había colocado en la esquina opuesta a la puerta, abrazando al niño con fuerza y mostrando una expresión de terror. Sonreí, dejando entrever en aquella sonrisa a la luz de la vela mis largos y afilados colmillos, para luego abrir la boca en una especie de bufido y mostrárselos abiertamente, disfrutando del terror que causaba en ellos mi simple imagen.

El hombre avanzó un paso, intentando de forma fallida mostrar seguridad, apuntándome con la tabla de madera, realmente dispuesto a golpearme con ella. Era tan patético que me costó mantener mi actuación y contener una sonora carcajada.

-
¡Atrás, demonio! - me dijo en un tono de voz que pretendía ser peligroso.

Como respuesta, yo también avancé un paso hacia él, en mi caso sí que mostraba seguridad y daba a entender que yo tenía el control total de la situación. Esto puso más nervioso al hombre que, desesperado, se lanzó sobre mí, tratando de defender a su familia. Estúpido. Con un desganado puñetazo lancé aquella masa de carne y sangre contra la pared opuesta, y me acerqué con una sonrisa cruel a la mujer, la cual empezó a gritar desesperada mientras aferraba con más fuerza a su hijo, demostrando que estaba dispuesta a hacer cualquier cosa por protegerlo. El niño empezó a llorar de forma estridente, y decidí que tenía ganas de silenciarlo para siempre. Entonces vi cómo el hombre se levantaba y oí cómo se colocaba detrás de mí y se acercaba intentando ser silencioso, mientras por la diferencia de velocidad de sus latidos de corazón pude saber el momento exacto en el que se preparaba para lanzarse sobre mí. Pero en esta ocasión no opuse resistencia. Era tan increíblemente superior a aquellos seres que si me limitaba a combatirlos con todas mis armas y capacidades sería muy monótono, podía sacarle más partido y divertirme más dejándoles creer que tenían una muy mínima oportunidad de salvarse. De modo que me dejé derribar por el hombre, o más bien lo fingí, tirándome yo al suelo cuando él intentaba hacerlo.

-
¡Vete, Renai! ¡Salid de aquí! - le gritó a la mujer mientras yo fingía forcejear con él. Dejé que la llamada Renai saliera corriendo de la habitación, no iba a tener demasiados problemas cuando quisiera alcanzarla. Cuando ella hubo salido de la habitación, tropezando mientras intentaba correr, yo sujeté al hombre, demostrándole que había estado jugando con él, haciéndole comprender que en realidad no había nada que pudiera hacer contra mí y que iba a matar a su familia sin que pudiera evitarlo. Entonces, tras disfrutar un poco con su desesperación, lo mordí. Él gritó, y me encantó el saber que Renai estaba suficientemente cerca todavía como para oír el grito y desesperarse más. Tras beber un par de tragos amplios de sangre, me aparté de él y lo lancé contra la pared, midiendo con precisión mi fuerza, de modo que el golpe que se dio no le hizo perder la consciencia pero sí le impidió reaccionar durante unos instantes.

Entonces fue cuando me acerqué a la mujer. Ella corría mientras yo andaba, pero mis pasos eran amplios y rápidos, mientras que ella era débil y tenía que cargar con el peso del niño, y de los nervios y el horror no dejaba de tropezarse la muy tonta. La alcancé a unos dos metros de la puerta de la casa, ya en la calle, había llegado algo más lejos de lo que esperaba. Alargué un brazo hacia ella quien, cuando vio que no podía huír, se giró hacia mí, desesperada.

-
Por favor, no le hagas daño a mi hijo - me dijo entre lágrimas -. Haré cualquier cosa, lo que quieras, pero, por favor...

La miré con fingida cara de circunstancias, como si lamentara todo aquello, y coloqué la mano que había alargado hacia ella sobre su mejilla con suavidad, en una caricia que simulaba que intentaba reconfortarla. Entonces, mi expresión se volvió macabra y cruel, y la palma de mi mano, incandescente, quemándole totalmente la mejilla. Deslicé la mano con agresividad hasta su pelo, el cual agarré con fuerza y, sin ningún cuidado, tiré de ella por su cabello hasta el interior de la casa, arrastrándola por el suelo e ignorando sus gritos de súplica, dolor y desesperación, mientras la muy idiota en vez de intentar evitar hacerse daño a sí misma protegía al niño llorón. Como estaba siendo totalmente arrastrada por el suelo, pudo soltar al niño sin que él se hiciera daño, dejándolo en el suelo.

-
Dan, quiero que corras y te escondas, ¿vale? Ahora, ¡corre! - le dijo al niño en un desesperado y por supuesto fallido intento de salvarlo, tratando de poner seguridad en su tono de voz a pesar de sentir un dolor y un miedo enormes. El niño obedeció al instante y salió corriendo. Esto era un pequeño cambio en mis planes, ya que había pensado matar primero al niño delante de sus padres, pero aunque podía retenerlo, no me apetecía demasiado ponerme ahora a perseguir a un niño, y, en cualquier caso, creía que ya les había quedado bastante claro que no podrían evitar la muerte de su hijo, y tal vez morir con la incertidumbre de qué le pasaría les haría más daño incluso que verlo morir. Tampoco había tenido intención de torturar demasiado al niño ya que los niños me parecían aburridos, tan tontos e incapaces de comprender que su sufrimiento era sólo físico pero no demasiado psicológico, nada demasiado interesante.

Lancé con desprecio a mami Renai al interior de la habitación donde su marido aún estaba intentando levantarse del golpe que le había dado antes, y él gateó al lado de ella para comprobar si estaba bien. Ella extendió su brazo hasta agarrar la mano de él, tratando de sentirse algo reconfortada. Qué conmovedor.

-
Vamos, conseguiréis hacerme llorar... - les dije, hablando por primera vez, para terminar en una diabólica carcajada mientras creaba una línea de fuego que les obligó a separarse.

Todavía estaba maquinando qué hacer exactamente a continuación cuando sentí una presencia detrás de mí. Me giré con rapidez, descubriendo, apoyada en el marco de la puerta, a una joven de no más de quince años, piel pálida, cabello largo, ondulado y rubio muy claro, al igual que las finas cejas, bajo las cuales tenía dos grandes y bonitos ojos azules claros. Su rostro daba sensación de inocencia, fragilidad, inseguridad y dulzura a un tiempo. Su expresión era difícil de leer, combinaba la confusión de quien se acaba de despertar y aún no distingue demasiado el sueño de la realidad, esa cara de recién despierto con los ojos medio cerrados y dificultad de comprensión del entorno, con el horror de la escena que estaba presenciando y el miedo hacia el monstruo que había en su casa, hacia mí. Con todo, no daba muestras de tener intención de huír, parecía paralizada de puro terror en el marco de la puerta, con los ojos clavados en sus padres, incapaz de mirarme a mí a la cara. Ignoré los gritos de desesperación y de advertencia de sus padres, que le suplicaban a la niña que huyera, y ella también parecía no estar escuchando, estaba totalmente en shock. Estaba claro que sería mucho más cómodo encargarme de ella después; de momento sería simplemente una gran espectadora.

-
Bienvenida; llegas a tiempo para el espectáculo - le dije con una claramente fingida amabilidad a modo de saludo, y tras guiñarle un ojo, volví a centrarme en sus papás.

Miré al tipo con desprecio. No tenía precisamente mucha hambre y ya había bebido algo de su sangre, era más que suficiente. Me apetecía hacer algo más espectacular que simplemente sangre, tenía ganas de fuegos artificiales. Fue tan sencillo como aumentar el fuego que antes les había quemado las manos y obligado a separarse, de modo que creciera en dirección al hombre. Él retrocedió con temor hasta que estuvo literalmente entre el fuego y la pared. Hice que el fuego formara un círculo a su alrededor, dejándolo atrapado y sin ninguna escapatoria posible, y este círculo se fue haciendo más pequeño, con la banda sonora de los gritos de la mujer, hasta que las llamas acabaron alcanzando su ropa y luego su piel, provocándole un dolor tan fuerte que tuvo que gritar él también. No tardó en convertirse él al completo en una enorme hoguera de tela, carne y huesos que se iban carbonizando a gran velocidad.

Reí, divertido, mientras cenizas y huesos grisáceos y carbonizados caían formando un pequeño montón, al que di una patada, esparciendo los escasos restos de... Jason, pues acababa de deducir que ese era su nombre después de que Renai gritara desesperadamente "¡Jason, no!" y cosas de ese estilo. Después me giré hacia mis dos encantadoras espectadoras con una sonrisa inocente. La madre estaba tirada en el suelo llorando desconsoladamente, sin fuerzas ni físicas ni psicológicas para incorporarse, mientras que la hija seguía plantada en el marco de la puerta, totalmente rígida, aunque ahora ya no parecía adormilada, y tenía el rostro contorsionado de dolor, desesperación, rabia y odio. Seguía paralizada e incapaz de moverse, y me acerqué a ella con interés, ignorando las ilógicas advertencias de su madre de que no me atreviera a tocarla. Cosa que, por supuesto, hice. Tomé su rostro con una mano, echándolo a un lado en un gesto no demasiado violento, ya que con la rigidez de su cuerpo me habría arriesgado a partirle el cuello, y acerqué mi rostro al suyo, deleitándome con el olor de su sangre, para luego morder su cuello. Estaba deliciosa. Ella no se movió ni un milímetro, ni si quiera se tensó más ya que era imposible estar más tensa, pero a penas había empezado a beber su sangre, su madre logró levantarse y se acercó a mí con la estúpida intención de golpearme, como si eso fuera a servir de algo. Me giré hacia ella y sujeté su muñeca, evitando que ella llegara a tocarme si quiera.

-
Renai, ¿verdad? Creo que hemos empezado con mal pie... Déjame que me presente. Soy Christian - le dije con falsa amabilidad, burlándome visiblemente de ella, pero en mi mirada había un brillo peligroso que significaba que se había pasado intentando hacerme daño y que lo iba a pagar.

-
¡Déjanos en paz! - me gritó ella mientras intentaba inútilmente zafarse de mi mano.

-
Vamos, Renai, no seas así. Me vas a obligar a hacerte daño...

Y, por supuesto, lo hizo. Empezó a moverse con fuerza, al menos lo que se supone que es con fuerza para un humano, dándome patadas, intentando librarse de mí por todos los medios. De modo que no es por maldad, fue totalmente justificado que en ese momento me viera obligado a desenvainar mi espada de plata y separar con ella su cabeza del resto de su cuerpo...

Y entonces lo oí. Aunque sólo fue un levísimo murmullo casi inaudible, no se me escapó.

-
Mamá...

La chica empezaba a reaccionar, qué encantador. Pasé un dedo por la afilada y ensangrentada hoja de mi espada, manchándolo de sangre, y me lo llevé a la boca, mientras el cuerpo degollado de Renai se desplomaba y su cabeza rebotaba vagamente en el suelo para irse después rodando hasta un lugar apartado de la habitación. Envainé la espada y miré a la muchacha, quien, temblando, había retrocedido un pequeño paso. Me acerqué a ella mientras ella seguía retrocediendo torpe y lentamente, aún con dificultades para moverse, sin poder apartar sus desorbitados ojos de mi rostro totalmente ensangrentado. Durante unos segundos no la detuve, segundos que dediqué a observar cada uno de sus movimientos y de sus expresiones. No es que ella fuera increíblemente hermosa, pero su forma de moverse y actuar sí que lo era, poseía belleza. Cogí su mano con delicadeza, impidiéndole alejarse más, y hablé con un tono amable y tranquilizador que a sus ojos parecería imposible en el hombre que acababa de asesinar a sus padres ante sus ojos.

-
¿Cuál es tu nombre?

Era increíble cómo su rostro podía albergar tantas expresiones diferentes al mismo tiempo y cómo todas ellas eran fácilmente distinguibles, porque su rostro seguía mostrando terror y dolor, pero también se podía apreciar en él escepticismo ante mi pregunta, como si no supiera si debía contestar o no, ni mis intenciones a la hora de formularla, pero al ver que yo permanecía callado y quieto, mirándola, esperando a que contestara, decidió intentar hacerlo. Abrió la boca pero parecía que le costaba encontrar la voz, y yo me limité a esperar a que lo consiguiera. Sabía que había bastantes posibilidades de que no me dijera su nombre real, aunque a lo mejor estaba demasiado asustada como para inventarse otro, pero me daba igual. Me bastaba un nombre, y si lo decía ella me ahorraba tener que ponerle yo uno, además de que me aseguraba de que le gustara su nombre. Era suficiente.

-
Lu.... L-Lucy - dijo al fin, esta vez en voz un poco más alta que la anterior, aunque muy temblorosa. Al haberse visto obligada a hablar, perdió la casi nula entereza que había tenido antes y se echó a llorar.

Esto, justamente esto era lo que tanto me gustaba a mí. Aquella chica, Lucy a partir de ahora, llevaba desde que había terminado de despertarse sufriendo de forma exagerada, aterrorizada como había visto a poca gente, tan terriblemente desolada que hasta ahora ni si quiera había sido capaz de llorar. No sonreí, ni si quiera me moví. Seguí sujetándola por el brazo, impidiéndola alejarse de mí, aunque dudaba mucho que hubiera sido capaz de hacerlo en cualquier caso, observándola, disfrutando de cada una de sus lágrimas de auténtico dolor, saboreando cada contorsión de desesperación y de tensión contenida. Dejé que llorara, que reaccionara, que despertara totalmente del shock, que se diera cuenta de la magnitud de lo que acababa de ocurrir, que su dolor y su desesperación crecieran hasta límites imposibles. La solté, viendo que realmente no iba a intentar escapar, y ella se dobló sobre sí misma y empezó a llorar en el suelo. No me resultó patética, más bien veía belleza en su dolor, me gustaba. Esperé a que dejara de convulsionarse y luego la obligué a levantarse.

La hipnosis no era precisamente fácil. Hipnotizar a una criatura inmortal, como elfos o vampiros, era una tarea muy difícil que por lo general requería de la unión de varios magos poderosos y un gran gasto de energía. Hipnotizar a una criatura muy poderosa ya era algo prácticamente imposible. Pero, cuando se trataban de criaturas mortales tan débiles como los humanos no mágicos, poco más que los animales no racionales, era algo... difícil, pero en cierto modo asequible. Aunque sabía que me iba a costar, no era la primera vez que lo hacía. Situé a Lucy frente a mí, la miré fijamente a los ojos e intenté conectar nuestras mentes, dominar la suya. Era un proceso complejo.

-
Escúchame, Lucy. Soy Christian Black. Soy un vampiro. Soy un monstruo que ha matado a sangre fría a tu familia, y me odias. Esto es algo que nunca debes olvidar, pero aún así, a partir de hoy, irás a cualquier lugar al que yo vaya, y obedecerás cualquier orden que yo te de. Nunca te opondrás a nada que yo te haga y no hablarás con los demás si yo no te lo permito. ¿Comprendes?

Podía sentir cómo ella trataba de resistirse a la presión que ejercía sobre su voluntad, pero cómo ésta, debilitada por el miedo y el dolor, iba doblegándose, inevitablemente, viéndose obligada a aceptar lo que yo le decía. La primera parte, lo de obligarla a recordar lo que le había hecho a su familia y obligarla a odiarme, era meramente por diversión, porque cada vez que de ahora en adelante le ordenara hacer algo o se viera obligada a estar conmigo, estaría odiándome con todas sus fuerzas pero no podría alejarse de mí ni hacerme daño aunque deseara hacerlo, y esa lucha que iba a mantener consigo misma a partir de ahora para el resto de sus días me encantaba. Seguí concentrándome, estaba gastando realmente mucha energía, pero podía sentir cómo ella cada vez se oponía menos. Su expresión de miedo iba transformándose en odio, en odio por obligarla a obedecerme. Sabía que ella había intentado contener ese odio precisamente porque yo le había dicho que tendría que odiarme, para intentar oponerse a estas órdenes, pero era inevitable para ella odiarme cada vez más, y esto sólo ayudó a que se doblegara totalmente a mí. Tras unos minutos de lucha psíquica, ella bajó la cabeza en señal de sumisión, pero se le escaparon dos últimas lágrimas de rabia e impotencia.

-
Comprendo - murmuró con un tono bastante más neutro que el que había tenido en sus anteriores palabras, dejando de ser mi presa para convertirse en un simple objeto, mi propiedad, algo con lo que podría hacer lo que quisiera cuando quisiera. Sonreí. Sabía que su anterior identidad intentaría rebelarse, de modo que estos primeros días repetiría lo que acababa de hacer para asegurarme de doblegar su voluntad por completo. Por lo pronto, estaba cansado, necesitaba reponer fuerzas, por lo que me acerqué más a ella y volví a morder su cuello.

No me había olvidado del pequeño Dan. Cuando dejé de beber la sangre de Lucy, cerré los ojos, tratando de localizar los latidos de su corazón. No me costó demasiado, estaba debajo de una mesa, la cual me quedaba de camino a la puerta de salida. Salí de la habitación en la que descansaba el cadáver de Renai y las cenizas de Jason, acompañado de cerca por Lucy, y seguí caminando en dirección a la calle, actuando como si no supiera dónde estaba el niño, hasta que me crucé con la mesa debajo de la que estaba. Lo miré, provocando que se sobresaltara. Clavé mis ojos rojos en los suyos con intensidad, sabiendo que lo estaba asustando, pero realmente había perdido ya todo interés en matarlo. Había matado a sus padres y había esclavizado a su hermana. Sabía que ese niño acabaría convirtiéndose en una de las personas más desgraciadas que existen, si es que sobrevivía hasta poder valerse por sí mismo, y sabía que siempre me recordaría como alguien terrorífico. Quien sabe, quizá hasta intentaría matarme por venganza. Era una idea divertida, de modo que me limité a reemprender la marcha fuera de la casa, consciente de que sus ojos seguían clavados en mí, tal vez intentando taladrarme con la mirada. Lucy no pudo evitar pararse para mirar un instante a su hermano, pero después, al seguir yo caminando, ella se vio obligada a seguirme. Y regresé a la Escuela acompañado con los primeros suaves rayos de sol que se esforzaban por barrer la densa oscuridad de aquella sangrienta noche.
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Chrustiun Vluck
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